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Hannah Arendt - Eichmann en Jerusalén

Editorial Lumen. Barcelona. Segunda edición: 1999
Teniendo en cuenta que la autora de este libro es una de las más reconocidas filósofas cabría pensar, a priori, que bajo el subtítulo de “Un estudio sobre la banalidad del mal” nos vamos a encontrar un análisis sobre el juicio que recibió Eichmann en Jerusalén y que terminó en diciembre de 1961. Desde luego la autora estaba capacitada para ello. Sin embargo, en este libro, decidió primar la faceta periodística y sólo ocasionalmente detiene la labor descriptiva para reflexionar y explicar alguna de las partes que está narrando. Quedan así en el aire preguntas fundamentales sobre Eichmann, o sobre lo relativo a los hechos históricos que acontecieron en torno a él y a causa de él.
Arendt parece tener un propósito cercano al declarado por el pueblo de Israel al establecer el juicio. Es decir, hacer justicia. Pero la justicia de Arendt va más allá del rigor formal que la justicia israelí pretendió dar durante el proceso. En buena parte del libro parece querer aplicar justicia a la justicia israelí que se ejerció contra Eichmann. Es por esto que el patrón de medida de la autora está en el rigorismo lógico y en el ámbito de la ética, no en lo meramente judicial. Bajo el patrón lógico señala las numerosas irregularidades e ilegalidades que sucedieron a lo largo del proceso (captura ilegal de Eichmann en Argentina, imposibilidad de que la defensa pudiese presentar testigos, etc…) y bajo el patrón ético juzga a los juzgadores (personas que, por motivos obvios, no podían ser neutrales y que, además, habían transigido con el secuestro que permitió juzgarlo en Israel, en lugar de ante una corte penal internacional), al juzgado, y, al tiempo, atiende a las verdaderas motivaciones que éste tuvo para realizar los actos que cometió.
Como responsable directo de la muerte de millones de judíos Eichmann se presenta como un personaje de sumo interés. Más todavía si tenemos en cuenta que hasta entonces no se había llevado a cabo en toda la historia un asesinato masivo y sistemático de tan grandes dimensiones. Así pues, pese a que resultaba obvia la gravedad de los cargos que se le imputaban y a que el motivo de que fuese juzgado en Israel también respondía al deseo de sentenciarlo a muerte, existía una intriga general por saber qué clase de persona podía haber realizado los crímenes que cometió. El juicio respondió en buena medida a esta expectativa. El Mossad tuvo la posibilidad de haberlo ejecutado cuando lo secuestró en Argentina, cosa que pudo haber hecho fácilmente si tenemos en cuenta la ilegalidad de la acción y que los crímenes por los que Eichmann era acusado acababan de prescribir, sin embargo recibió órdenes de llevarlo a Israel. A la opinión pública judía no le bastaba con eliminar a la persona que había cometido tan graves crímenes, necesitaba saber los motivos. Cómo era y qué había llevado a alguien a realizar semejantes actos.
Curiosamente Eichmann se encontraba en el otro lado de las expectativas. Es decir, mientras que los acusadores y el pueblo israelí esperaban al ser más cruel y desalmado que se pudiesen imaginar, en realidad, se encontraron con una persona intelectualmente mediocre, que, funcionando como un burócrata, se había centrado en organizar el exterminio masivo ayudado por una última inconsciencia en sus actos, y cuyo fundamento último se encontraba en la obediencia. Algo que permite comprender lo que algunos historiadores judíos afirmaron sobre los actos de Eichmann: que antes de eliminar a los judíos ayudó a miles a escapar. Algo que, pese a ser tenido únicamente como risible por el tribunal israelí, concuerda con la inconsciencia sobre el significado real de los actos de Eichmann. Cosa que, en su afán “organizador”, le podía llevar lo mismo a evacuar judíos rápidamente como a eliminarlos con igual celeridad. Pese a que en Israel se fue aceptando que Eichmann no era el desalmado que se esperaba, lo que no se quiso ver es que sus crímenes fuesen debidos en última instancia a la obediencia. Fundamentalmente porque eso significaría exculpar en alguna medida al acusado. Algo que desde el lado moral no era aceptable y desde el lado jurídico resultaba inasumible ya que podría significar rebajar la pena máxima a la que fue condenado. Respecto a lo desalmado y alejado de la raza humana el juez no pudo evitar preguntar al acusado cuando éste mencionó haber vivido siempre en consonancia con los preceptos morales de Kant, en especial con la definición dada por Kant del deber. Ciertamente podría ser un aspecto más que ayudase a dilucidar la consciencia que Eichmann tenía de cómo se estaba comportando, pero no sería descartable que el juez encontrase indignante que alguien tan inhumano como para ser capaz de semejantes crímenes pudiese aludir a referentes culturales tal distinguidos para encontrar justificación de sus acciones. Aunque pudo citar correctamente el imperativo categórico también afirmó que tuvo que dejar de vivir bajo los preceptos kantianos cuando se le encargó llevar a cabo la Solución Final. Este mayor peso de la obediencia respecto al imperativo original kantiano es lo que podría permitir decir que estaba movido por el “imperativo categórico del Tercer Reich” que propone Hans Franck: “Compórtate de tal manera que si el Führer te viera aprobara tus actos.”. Además seguramente se vio movido por la consideración que circulaba en Alemania de que cumplir las leyes no significa únicamente obedecerlas, también hay que comportarse como si uno fuese el autor de las leyes que obedece.
Una de las incógnitas que se deja sin explicar el libro es el porqué de semejante odio hacia el pueblo judío. Eichmann, que se sentía fascinado por el “problema judío”, aducía como razón de ello al “idealismo” del que era partícipe esta gente. Actitud y aptitud que Eichmann creyó compartir con ellos y que le llevo a considerarlos como unos “dignos rivales”. Eichmann entendía este idealismo como la capacidad de un hombre de vivir para su idea y marginar todo lo que no estuviese acorde a ella. Concepto este que traspasaba los límites de la simple honradez. Sin embargo su caso sólo puede ser tenido en cuenta como una amplificación del odio y resentimiento general que por entonces se le tenía al pueblo judío. Odio que, además de ser constante, fue en progresión. Hasta el punto de que, vistas las descripciones que ofrece Arendt, resulta evidente que lo que los alemanes inicialmente querían hacer con los judíos era quitárselos del medio sin necesidad de llegar al holocausto. De ahí que, en la primera fase, hubiese conformidad con la simple deportación. Algo que se forzó hasta límites tan insólitos como para llegar a planear la deportación de millones de judíos a Madagascar. Finalmente ningún país quiso aceptar la llegada de tal cantidad de deportados. La Solución Final parece pues, en buena medida, la consolidación extrema de la inevitabilidad de sacarse materialmente de encima a millones de judíos de forma casi instantánea, aunque bien es verdad que la orden directa provino de Hitler y ésta se le hizo saber a Eichmann por boca de Heydrich. Hay que tener en cuenta que, como la propia autora cita, la hostilidad a la matanza de los judíos por parte de la población sólo fue al comienzo de la guerra.

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