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Robert Louis Stevenson - El doctor Jekyll y Mr. Hyde(Alianza Editorial, 2001).Traducción de Carmen Criado.
La novela de Louis Stevenson supone el acercamiento a la dualidad inherente a cada persona la del bien y el mal. A través de una trama, hecha mediante círculos concéntricos sucesivos, se produce el adentramiento entre la superficialidad de la vida cotidiana hacia las fuerzas vivas subyacentes que conforman esta polaridad.
En cuanto a la presentación de la historia ésta recuerda, en alguna medida, a la aparición del Drácula de Stoker ya que, en ambos casos, el mal comienza a mostrarse como una sombra lejana y aparentemente inconexa que se va haciendo progresivamente más envolvente hasta que termina produciéndose o lo inevitable. Si Drácula empieza como un eco lejano, Hyde va revelándose como una serie de vagas coincidencias que se hacen cada vez más evidentes. Un salto progresivo de la superfluidad cotidiana hacia las fuerzas que son el verdadero motor.
Las acertadísimas descripciones del mal que se dan, sobre todo al final del libro, dejan a las claras que, como mecanismo, no es tan distinto al bien. Si el bien produce un ensanchamiento del alma y una expansión mediante su práctica, el mal, no se queda atrás en atractivo y en cualidades. Después de que, de forma pareja al reto ofrecido en el “Fausto” de Goethe Lanyon aceptase el desafiante ofrecimiento del Dr. Jekyll, su inmersión el mal a través de las pócimas se hace dolorosa en su corta transición, pero agradable en su realización.
“Me sentí más joven más ligero más feliz físicamente. En mi interior experimentaba una fogosidad impetuosa por mi imaginación cruzaba una sucesión de imágenes sensuales en carrera desenfrenada, sentí que se disolvían los vínculos de todas mis obligaciones y una libertad de espíritu desconocida, pero no inocente, invadió todo mi ser. Supe, al respirar por primera vez esta nueva vida, que ahora era más perverso, diez veces más perverso un esclavo vendido a mi mal original. Y sólo pensarlo me deleitó en aquel momento como un vino añejo.” (p.101-102)

Una de las características del mal es la de crear un referente que, a modo de un imán, se hace cada vez más intenso conforme nos aproximamos a él. Una huella parecida a la que tienen muchas personas que han sido drogadictas y en las que ha quedado grabada para siempre el anhelo del estímulo. Gracias a esto no es insólito que simples fumadores de dilatada carrera con el tabaco sigan, aún después de haber pasado años sin probarlo, con sueños en los que el cuerpo todavía les sigue pidiendo que lo retomen. Sueños que psicoanalíticamente hablando, son claras realizaciones de deseos del inconsciente. Es por esto que Jekyll se hace cada vez más intenso y no puede ser vencido por el Hyde que, en sus ratos de consciencia, trata de hacerle frente. Algo que, de igual manera, le sucede al personaje del Doctor Roberto Miranda en la película de Polanski “La Muerte y la Doncella”. Miranda ya no ve vuelta atrás después de “gustar” el mal.
“Que ese horror estaba enjaulado en su carne, donde lo oía gemir y los sentía luchar por renacer; y en las horas de vigilia y en el descuido del sueño, prevalecía contra él y le privaba de vida.”(P.121)

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