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Blaise Pascal - Pensamientos(Alianza Editorial, 2004)
Pese a estar en un formato algo inusual y a recurrir en ocasiones a prejuicios de la época o heredados de la doctrina del pecado original de San Agustín he de decir que me ha resultado interesante la lectura de este libro. El carácter fraccionado en el que está estructurado no debe de engañar ya que, a grandes rasgos, guarda en él una coherencia y no resulta otra cosa que un emanar de la misma fuente. Simplemente sucede que el caudal encuentra su propio discurrir amoldando la idea a la estructura. Es esta una prueba más de que el pensamiento filosófico no es más que la punta del iceberg de la forma que tiene la persona de sentir la vida, y generalmente revistiendo de racionalidad este “sentir” es como aflora el genuino pensamiento filosófico.
Hay que decir que vista lo corta que fue la vida de Blaise Pascal cabría pensar que este formato podría haber sido, a base de encajar las piezas, un primer comienzo o esbozo de un sistema más definido que hubiese cuajado en el formato habitual de libro. También es importante no confundir el formato de “pensamientos” con el de aforismos. Más que nada porque bajo la segunda estructura se da un carácter cerrado que no sucede bajo la primera.
A través de la herencia del racionalismo cartesiano Pascal perfila un mundo del que se ha distanciado ya que ni es justo centrarse en él ni le motiva suficientemente. Es por esto que le resulta más interesante formular su “Apuesta por Dios” (Pensamiento 233, página 70) que dejarse llevar por lo que la vida parece destinar al común de los hombres. A menudo aprovecha su hastío y asco por lo cotidiano para asociarlo a la herencia de la visión agustianiana. Es entonces cuando su teología (de base cristiana y orientación jansenista) va más allá de dónde puede llegar la filosofía porque, según él mismo dice, la fe en Dios se tiene o no se tiene, no se puede decidir sobre su elección.
Según mi propio gusto querría destacar los siguientes fragmentos:
139 “Algunas veces me he dedicado a considerar las diversas ocupaciones de los hombres, los peligros y los trabajos a losque se exponen, en la corte, en la guerra, y de los que surgen tantas disputas, tantas pasiones, tantas empresas atrevidas y a menudo adversas, y he descubierto que toda la desdicha de los hombres, proviene de una sola causa: no saben permanecer en reposo, en un cuarto. Un hombre que posee bastantes bienes para vivir, si supiera permanecer con gusto en su casa, no saldría de ella para ir por el mar o al asedio de una plaza fuerte. No se pagaría tanto por un cargo en el ejército, sino porque resultaría insoportable no moverse de la ciudad; y no se buscan las conversaciones y las diversiones de los juegos, sino porque no se puede permanecer en casa con gusto. […]”

171 Miseria. - La diversión es lo único que nos consuela de nuestras miserias; sin embargo, es la mayor de nuestras miserias. Pues nada hay que nos impida más preocuparnos de nosotros, nada que nos lleve más a que nos perdamos insensiblemente. Sin esto, nos encontraríamos en el tedio, y este tedio nos incitaría a buscar un medio más eficaz de salir de él. Pero la diversión nos entretiene, y nos hace llegar insensiblemente a la muerte.

194 […]No hay que tener el alma demasiado elevada para comprender que no hay aquí satisfacción verdadera y sólida, que todos nuestros placeres no son más que vanidad, que nuestros males son infinitos, y, por último, que la muerte, que nos amenaza en cada instante, debe inevitablemente, dentro de pocos años, ponernos en la horrible necesidad de quedar eternamente aniquilados o desdichados. […]

277 El corazón tiene sus razones, que la razón no conoce; esto se advierte en mil cosas. Digo que el corazón ama naturalmente al ser universal, y naturalmente a sí mismo, según se dedique al uno o al otro; y se endurece contra el uno o contra el otro, según elija. Habéis rechazado el uno y conservado al otro a: ¿acaso por razón os amáis?

458 “Todo lo que existe en el mundo es concupiscencia de la carne, o concupiscencia de los ojos, u orgullo de la vida: libido sentiendi, libido sciendi, libido dominandi". ¡Desgraciada la tierra de maldición que esos tres ríos de fuego inflaman más de lo que riegan! ¡Felices los que están junto a esos ríos, no sumergidos, no arrastrados, sino inmóviles y firmes; no de pie, sino sentados sobre un asiento bajo y seguro, del cual no se levantan antes de la luz, sino que, una vez que allí han reposado en paz, tienden la mano al que debe elevarlos, para mantenerlos de pie y firmes en los pórticosde la santa Jerusalén, donde el orgullo ya no podrá combatirlos ni abatirlos; y que, sin embargo, lloran, no porque vean deslizarse todas las cosas perecederas que los torrentes arrastran, sino por el recuerdo de su querida patria, de la Jerusalén celestial, de la que se acuerdan sin cesar durante todo su destierro!"

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