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Séneca - Sobre la felicidad(Alianza Editorial, 2004)
Séneca expresa su concepción de lo que es la felicidad a través del camino que postulaban los estoicos, la virtud. Virtud que se constituye como el objetivo máximo del ser humano en esta vida y que es además lo que le permite alcanzar la felicidad. De hecho virtud y felicidad no están separadas, siendo la felicidad perfeccionar la virtud misma. “[…] la sabiduría consiste en no apartarse de ella y formarse según su ley y ejemplo. La vida feliz, es por tanto, la que está conforme con su naturaleza, […] “ (p.50) Esta cosmovisión parte necesariamente de una correspondencia entre persona y mundo pareja a las de los pitagóricos en cuanto a establecer un vínculo mediante la racionalidad entre ambos elementos. El mundo es cognoscible porque, al igual que nosotros, es racional.
Séneca anticipa el desprecio de los gnósticos hacia el mundo físico o la orientación hacia el uno de Plotino mediante la subordinación de lo que no es el camino de la virtud. Es por tanto que los placeres sensuales no son otra cosa que un camino errado hacia la felicidad. Porque los placeres “tienen que servir, no mandar” (p.61). Es por esto que “[…] los que se han entregado al mando del placer carecen de uno y otro, pues pierden la virtud, y además no tienen el placer, sino que el placer los tiene a ellos: o se atormentan en su falta o se ahogan en su abundancia […]” (p.75) El único placer admisible es el derivado de la virtud, que es apacible y moderado: “[…] si la virtud ha de proporcionar placer, no se la busca por él, pues no lo proporciona sino por añadidura, y no se esfuerza por conseguirlo, sino que su esfuerzo, aunque tienda a otra cosa, lo alcanza también.” (p.64) Éste, además, no es buscado, sino que simplemente puede aparecer cuando se encuentra asociado a la virtud. “[…] de ello nace una constante tranquilidad y libertad, una vez alejadas las cosas que nos irritan o nos aterran; pues en lugar de los placeres y de esos goces mezquinos y frágiles, dañosos aún en el mismo desorden, nos viene una gran alegría inquebrantable y constante, y al mismo tiempo la paz y la armonía del alma, […[“ (p.50)
Tenemos pues un camino de perfeccionamiento personal en pos de la virtud, al tiempo que una indiferencia respecto al mundo. Para un estoico es tan malo alegrarse como entristecerse a causa de las circunstancias ya que perdemos de vista a la razón y nos convertimos en víctimas de lo que nos rodea. Porque sólo“[…] puede llamarse feliz al que, gracias a la razón, ni desea ni teme […]” (p.54) Como solución se opta por ignorar al mundo para refugiarse en uno mismo hasta las últimas consecuencias y conseguir así la autarquía perseguida. “[…] que seas inconmovible incluso contra el mal que procede del bien; de modo que, en cuanto es lícito, te hagas un dios.” (P.80). “Se puede también definir diciendo que el hombre feliz es aquel para quién nada es bueno ni malo, sino un alma buena o mala, que practica el bien, que se contenta con la virtud, que no se deja elevar o abatir por la fortuna, que no conoce bien mayor que el que puede darse a sí mismo, para quién el verdadero placer será el desprecio de los placeres.”(P.52) “Es feliz, por tanto, el que tiene un juicio recto; es feliz el que está contento con las circunstancias presentes, sean las que quieran, y es amigo de lo que tiene; es feliz aquel para quién la razón da valor a todas las cosas de su vida.” (P.57) Consiguientemente el ataque a los postulados de Epicuro resulta inevitable ya que éste “[…] reduce el placer a algo escaso y mezquino, y la ley que nosotros asignamos a la virtud, él la asigna al placer […]” (p.72). Este desprecio, no sólo por la subordinación al placer, sino por el placer mismo parece anticipar el asco hacia el mundo carnal que postularía San Agustín y en el que, en cuanto a su solución, coincide en algunos puntos como el del ocultamiento. “Y así pierden lo único bueno que tenían entre sus males, la vergüenza del pecado, pues alaban aquello de lo que se sonrojaban y se envanecen del vicio […]” (p.71)
Con esta situación lo que nos queda en el horizonte es lo que Séneca llama el “sumo bien”, “el sumo bien es la concordia del alma; pues las virtudes deberán estar allí donde estén la armonía y la unidad, son los vicios los que discrepan.” (P.63). “Será lo mismo si digo: el sumo bien es un alma que desprecia las cosas azarosas y se complace en la virtud, o bien una fuerza de ánimo invencible con experiencia de las cosas, serena en la acción, llena de humanidad y de solicitud por los que nos rodean.” (P.51) Sin embargo esta meta supone el menosprecio hacia todos los demás o directamente la indiferencia hacia los que no se colocan el mismo camino. Una postura intolerante que queda evidenciada en algunas de las respuestas que da Séneca a causa de las reiteradas acusaciones que tenían como eje la discordancia entre la autosuficiencia que predicaba y el hecho de haber sido tan inmensamente rico como para alcanzar el grado (que todavía ostenta) de filósofo más acaudalado de la historia. Séneca afirma así que el rico puede dar parte de las riquezas a quién se encuentre en mejor disposición de recibirlas. “A algunos no les daré, aunque les falte: porque aun cuando les hubiera dado les faltará; […]” (p.99). Y los que son más merecedores de recibirlas son los que se encuentran más predispuestos para perfeccionarse en el camino de la virtud. “¿Por qué tendéis vuestra bolsa? Dará a los buenos o a los que podrá hacer buenos, dará con suma prudencia, eligiendo a los más dignos, como quién recuerda que hay que dar cuenta tanto de los gastos como los ingresos; dará por motivos rectos y justificados, pues entre los derroches viciosos se cuenta un mal empleado; tendrá la bolsa fácil, pero no agujereada, de la que salgan muchas cosas y nada se caiga.” (P98.). Contrasta esto con el comportamiento que se deriva del cristianismo emergente en aquel momento y bajo el que todas las personas son iguales y, por tanto, igualmente susceptibles de recibir.
La proporción relativamente alta de espacio que dedica Séneca a explicar la paradoja de que predique la autarquía estoica y sea al mismo tiempo multimillonario no parece más que una racionalización que busca superar esta incoherencia. Podría decirse que, por un lado, Séneca creía verdaderamente lo que decía y, por el otro, el placer que obtenía del dinero le impedía deshacerse de él. “Por lo demás, concedo que han de tenerse [las riquezas], que son útiles y que proporcionan grandes comodidades a la vida.” (P.101). Y en una descripción que psicoanalíticamente cabría calificarse como relativa a la fase anal, termina por decir: “Colóquese el beneficio como un tesoro enterrado profundamente, que no desenterrarás si no fuera necesario.” (P.99). Para su postura e ampara también en lo que han hecho sus ilustres predecesores, “Reprochad a Platón haber buscado el dinero, a Aristóteles, haberlo recibido; a Demócrito haberlo descuidado, a Epicuro, haberlo consumido; a mí mismo reprochadme Alcibíades y Fedro.” (P.112), o aludiendo a que “[…] las riquezas del hombre sabio están en servidumbre; las del necio, en el poder […]” (p.107). Si todo esto podría resultar criticable, no lo es menos el medio por el que el filósofo consigue las riquezas: “Tendrá el filósofo grandes riquezas, pero no arrebatadas a nadie ni manchadas de sangre ajena: adquiridas sin prejuicio alguno, sin negocios sucios, que salgan tan honradamente como entraron, de las que no se lamenten más que los malévolos”. (p.97). Séneca parece pues un defensor del libre mercado, postura habitual en la gente vinculada a posiciones políticas de derecha y acorde con su concepción de la salvación como algo personal. Pero, incluso sin necesidad de entrar en cómo se consigue el dinero y lo que ello significa para un estoico, no cabe otra que comprender que el que retiene para sí lo que otros necesitan está ejerciendo un mal.

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