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Los amores de Eloísa y Abelardo Jean Vignaud (1819)Hasta ahora he comentado la primera carta de Abelardo ya que es la de mayor extensión y la que más datos aporta. Eloísa, como he citado con anterioridad, se expresa casi siempre con abnegación renunciando a comentar la mayor parte de su propia vida en beneficio de la de su amado. Estando siempre obediente y atenta a los requerimientos de Abelardo, sus únicas peticiones se dirigen a tener más noticias de él. No dice esto sin razón ya que Abelardo ha dejado claro que después del ímpetu amoroso inicial y después de haberse retirado por la a la vergüenza a la que se ve sometido a causa de su emasculación decide consagrar su vida al retiro sin mayor interés que el conocimiento (“Abatido por completo ante tal miseria, la vergüenza, lo confieso, más que una verdadera vocación, me condujo a la sombra del claustro”. (P.60)). Eloísa queda así en un estado de semiabandono por parte de Abelardo. Resulta especialmente llamativo que después de que Abelardo haya escrito una extensa carta, en la que el capítulo dedicado a Eloísa es importante pero no el único, Eloísa le responda teniendo palabras únicamente para él y recriminando tímidamente que la haya dejado sin tener más noticias suyas. Abelardo le responde esgrimiendo una excusa tan ridícula como esta por no haberle escrito: “[…] ese mutismo no se debe a la negligencia, sino a la gran confianza que tengo en la sabiduría. No creí que tales recursos te fuesen necesarios: la gracia divina te colma de sus dones, en efecto, con tanta abundancia, que tus palabras y tus ejemplos son capaces de iluminar a los espíritus en el error, […]” (p.105). Pero lo cierto es que para Eloísa es necesaria la ayuda: “No creas que he salido de la indigencia, tus socorros me son necesarios.” (P.125) “¿Qué puedo esperar ahora que te he perdido? ¿Para proseguir este viaje terrenal del cual tú eras mi único sostén?” (p. 119)
Una vez revivido este panorama se puede comprender la situación y los pensamientos en los que se ve envuelta Eloísa. Sus palabras y pensamientos son casi siempre ecos de las de su prometido que sirven a los deseos de éste: Así ella también se declara culpable. Culpable porque, como dice el libro de lo Proverbios y el Eclesiastés “Las mujeres no podrán conducir nunca a los hombres más que a la ruina” (p. 121). Por lo tanto la mención pecaminosa y elusiva de Abelardo (“¿para qué recordar nuestras antiguas manchas y las fornicaciones que precedieron al matrimonio?” (p.140) es admitida y repetida sin cuestionamientos desde el lado de la mujer: “Largo tiempo sometida a las voluptuosidades de la carne, merezco lo que sufro hoy; mi dolor es la justa consecuencia de mis faltas pasadas. Nada termina mal, que no haya sido malo al principio.” (p.122); “la vergüenza de nuestras fornicaciones, la cólera del Señor se abatió pesadamente sobre nosotros.” (p.120).
Es del todo claro que nos encontramos en el momento en que la profundización en las teorías del pecado original de Agustín de Hipona están alcanzando su grado máximo mediante la idea de deuda impagable que presenta Anselmo de Canterbury (1033-1109) que, de la misma forma que San Agustín, toma el pecado como origen y desde ahí se remonta al cuando el hombre se hallaba en el paraíso, un estadio caracterizado por la inmortalidad al no existir aún el pecado. El pecado trae consigo inevitablemente la muerte. Así, basándose en San Agustín, Anselmo de Canterbury parte de que el pecado es una desviación pero pone énfasis en el carácter de ofensa a Dios, por lo que la libertad, más que la corrupción de la naturaleza, es la responsable de esta situación. Al no restituir a Dios el agravio hecho con los intereses debidos el pecador se convierte a estas alturas en un deudor de la honra otorgada por Dios: “[…] ya que el que deshonra a alguien no satisface con devolverle el honor, sino que debe compensar la molestia que le causó.” (Cur Deus homo II,92,94). No sólo es deudor, sino que al no dar a Dios la gloria merecida se convierte en perturbador de la creación. Este planteamiento tiene como lógica consecuencia un Dios vengativo y ofendido. El mismo con el que Abelardo busca convencer a Eloísa: “[…] intentaré probarte que ese hecho me fue útil y que la venganza de Dios se ejerció se ejerció con más justicia después de nuestro matrimonio […]” (p.140). Por lo tanto, la mancha agustiniana que se representa mediante el pecado original hace al hombre un ser inmundo y despreciable merecedor de la ira de Dios “[…] la vergüenza de nuestras fornicaciones, la cólera del Señor se abatió pesadamente sobre nosotros.” (p.120). Abelardo se empeña en percibir esta mancha en sí mismo y en justificarla “[…] “La gracia divina me ha purificado, al mutilarme, privándome de un miembro vil al que la vergüenza y su función le ha valido el nombre de partes vergonzosas, y que nadie se atreve a llamar por su nombre.” (p.142). Como buen intelectual echa mano de otros insignes castrados (por ejemplo con el caso de Orígenes) para reinterpretar su desgracia como un camino superior hacia Dios.
Hay que comprender que nos hayamos en la Alta Edad Media. La sociedad se estructura bajo las relaciones de vasallaje y esa misma vinculación con el señor feudal es la que se puede ver tanto en San Anselmo (la deuda impagada con Dios, el gran señor feudal) como en las relaciones amorosas donde la mujer se convierte en la señora. Así pues en este caso el concepto romántico tiene una clara base feudal, el hombre se otorga el papel de vasallo y la mujer pasa a ser el señor feudal (señora, en este caso). Esto mismo se deja ver en la relación de Abelardo y Eloísa. “[…] tú te has convertido en mi superior, el día en que tomando por esposo a mi Señor, adquiriste sobre mí el derecho de Soberanía […]” (p.132) Lo curioso es que, pese a que Abelardo se reconozca como sometido ante su señora Eloísa, esto no pasa de las palabras ya que él es siempre el que decide por los dos y en las decisiones parece ser claro que, paradójicamente, lo que priman son los intereses del “vasallo” Abelardo. La misma Eloísa describe algunos de los verdaderos motivos que se ocultan detrás de esta excusa de limpiar las manchas de los tiempos pasados. : “nos habíamos alejado el uno del otro a fin de que tú pudieras dedicarte con más ardor a los estudios y yo con más libertad a la oración […] (p.120) y Abelardo aprovecha la circunstancia para mantener a cada uno en el lugar que quiere: “Soporta, pues, hermana mía, soporta pacientemente, soy yo quien te lo pide, los efectos de la misericordia divina sobre nosotros. Es la vara de un padre la que nos ha golpeado, no la espada de un verdugo.” (P.147). Eloísa debe pues sentirse feliz porque según Abelardo esto es un “Dichoso cambio de tu estado conyugal: esposa antiguamente de un miserable, te has elevado hasta la cama del Rey de reyes […]” (p.132).
En conclusión, y por hablar claro, puede decirse que esta historia de amor tan famosa que sucedió entre los dos filósofos, aun siendo en buena medida genuina, no es tan puramente idílica como muchas veces se ha querido presentar. Es cierto que ambos sufrieron el impedimento de su unión desde distintos ámbitos (el tío Fulberto, la sociedad puritana y opresora, la Iglesia, etc…) pero también es verdad que Abelardo es algo más que una persona honesta y un infatigable amante. Su carácter rebelde, que se puede decir que llevó casi hasta sus últimas consecuencias, le impelió a buscar nuevos desafíos para poder probarse a sí mismo. En cuanto a este aspecto no pasa de trasladar el mito de “Don Juan” al ámbito intelectual. Abelardo necesita mostrar su valía a base de vencer y hundir dialécticamente a todo cuanto se ponga en su camino (incluso desprecia a Anselmo de Châlons, que no sabe valerse dialécticamente). Claramente su objetivo encubierto es situarse como máxima e incuestionable autoridad, cosa que es ayudada por un ego y una vanidad de proporciones gigantescas. En cuanto a su relación con Eloísa se puede dar por hecho que, vistas las descripciones, hubo una época en la que sintió un verdadero amor por ella. Pero este amor no sólo se fue calmando con el tiempo, también la emasculación que sufrió sirvió para apagarlo y transformarlo en un simple aunque intenso afecto. Entonces el ansia de conocimiento y el ego de Abelardo se volvieron a mostrar de nuevo y dirigieron sus inquietudes y su vida. Pasados los fervores quedó la “patata caliente” que había que dejar en algún sitio (Eloísa) para que no interfiriese. Como Abelardo había decidido alejarse del resto de la humanidad a causa de la vergüenza de emasculación y tenía su propio mundo en el que indagar aprovechó como excusa la teoría del pecado original de San Agustín para obligar a Eloísa contra su voluntad a llevar una vida retirada en la que purgase los pecados que habían cometido juntos. Es cierto que él también siguió el mismo camino, pero eso fue porque su vergüenza no le dejó otra solución. Así pues, aunque el proceso es similar, ambos están en distintas condiciones. Eloísa necesita de la compañía de Abelardo y no desea ordenarse porque no tiene vocación religiosa, y Abelardo (aunque tampoco tiene esa vocación para el retiro religioso) acepta su destino como el mejor de los posibles al haber disminuido la pasión hacia Eloísa y no tener un lugar mejor en el que ocultarse de las humillaciones derivadas de su castración. Eloísa, seguramente ayudada por la capacidad femenina de empatizar con la pareja, muestra siempre un amor desinteresado que se acaba transformando en abnegación. No sólo asume una vida y un futuro que no desea por hacer feliz a Abelardo, también renuncia a cualquier otro aspecto de sí misma en beneficio de su amado.

Nota: El cuadro de la imagen corresponde a "Los amores de Eloísa y Abelardo", de Jean Vignaud (1819)

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