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Tumba de Abelardo y Eloísa(Ediciones El Barquero, 2007)
“De la unidad y de la Trinidad Divinas” fue un tratado de teología del que Abelardo quedó ampliamente satisfecho. Como viene siendo habitual en él pronto se vio cercado por sus rivales que, envidiosos (y aunque Abelardo no quiera verlo seguramente provocados de algún modo más) promovieron un concilio en su contra. A la cabeza estaban dos de sus viejos rivales, Albérico y Lotulfo. Mientras visitaba al legado Pontificio para someterse a revisión de su obra aprovechó para hacer una exposición pública que, según él mismo cuenta, sirvió para refrendarle frente a la opinión popular. Finalmente, después de una serie de avatares no logra superar todos los obstáculos que encuentra y relata como “[…] fui obligado a arrojar con mis propias manos mi libro al fuego.” (p.67). Todo esto supuso un duro golpe para Abelardo. “El atentado cometido por Fulberto me parecía poca cosa en relación con esta nueva injusticia, y deploraba más la pérdida de mi fama que la de mi cuerpo.” (p.68). Es aquí donde Pedro Abelardo vuelve a dejar bien claro la esencia de su carácter rebelde. Si bien es cierto que tenía una fuerte necesidad de búsqueda de la verdad, también poseía una personalidad batalladora que buscaba a toda costa derribar todo símbolo de autoridad (en su caso esto se refiere principalmente a la intelectual) para colocarse él en su lugar. “Yo me creía entonces el único filósofo de la tierra; ningún atacante me parecía temer.” (p.50). Aunque no hay muchos datos de la relación que tuvo con su padre parece ser que ésta debió de tener más dimensiones de las que son aludidas por Abelardo (amante padre que proporciona una rápida educación a su hijo). Posiblemente el padre tuvo un carácter autoritario con su hijo y esto llevaría a Abelardo a conformar el citado carácter rebelde que buscaría después a probarse a sí mismo ante cualquier autoridad bajo la que viese una amenaza a sus deseos. En este sentido resulta especialmente relevante la faceta musical de Abelardo. Recordemos que en los músicos fácilmente hay un historial de maltratos que podría concordar con el supuesto carácter autoritario del padre que sería origen de la actitud rebelde de Pedro Abelardo. En este sentido también habría una vinculación con la idea de Dios, es decir lo que se puede buscar en la teología.
Una vez Abelardo se retiró a Saint-Denys sucedió un incidente en el que vuelve a dejar claro su carácter terco que también le sirvió en su búsqueda de la verdad. Lo describe así: “Un día, en una lectura, encontré por casualidad un pasaje del comentario de Beda sobre los Hechos de los Apóstoles, donde el autor aseguraba que Dionisio el Aeropagita era obispo de Corinto, no de Atenas. Esta opinión contrariaba vivamente a los hermanos, pues ellos se vanagloriaban de que su fundador, en cuya Vida fue obispo de Atenas, era precisamente el Aeropagita. Transmití con ánimo de chanza, a algunos de aquellos que me rodeaban el texto que acababa de descubrir, y que objetaba nuestra opinión. Pero gritaron con indignación que Beda era un impostor y que ellos daban más crédito al testimonio de su abad Hilduino, que, habiéndose dedicado a través de toda Grecia a un largo trabajo de investigación sobre este tema, había reconocido la exactitud del hecho, y en su “Historia de Dionisio el Aeropagita” había disipado todas las dudas.”. Uno me pidió, con inoportuna insistencia, mi opinión acerca del litigio entre Beda e Hilduino. Yo contesté que la autoridad de Beda, cuyos escritos eran reconocidos por toda la Iglesia latina, me parecía más cierta. Mi réplica los excitó. Comenzaron a elevar la voz. Yo probaba de este modo, dijeron, que había sido siempre el azote de ese monasterio, y ahora atentaba contra la gloria del reino eterno, porque al negar que el Aeropagita fuera su patrón, les arrebataba el honor del cual se sentían más orgullosos” (p.69)
A causa de estos sucesos Pedro Abelardo acaba retirándose a Troyes, donde lleva una vida de semi-vagabundo. Algunas personas le acaban cediendo un terreno donde, bajo el asentimiento del obispo, construye una capilla de caña y paja que dedica a la Santísima Trinidad. Pronto acuden muchos discípulos que comienzan a vivir en torno a su maestro y que también se encargan de sufragar sus necesidades materiales (ropa, alimentación, etc…) ante la imposibilidad de Abelardo para dedicarse a la agricultura o a similares trabajos manuales (declara que le cansan excesivamente).
Como había llegado “[…] furtivo y desesperado, pero había experimentado la gracia del consuelo divino […]” decide nombrarlo como “El Paracleto”. Para muchas personas supuso una sorpresa y una indignación ver que este lugar se consagraba al Espíritu Santo, cosa insólita ya que la tradición mandaba que sólo se dedicase al Hijo o a la Trinidad entera. Sin embargo Abelardo encuentra justificación teológica para este nombre. De nuevo esta denominación junto a las venganzas de sus antiguos rivales celosos de su fama que todavía se extendía (según Abelardo) acaban obligando a Pedro Abelardo a un nuevo exilio, esta vez en la abadía de Saint-Gildas-de-Rhuys donde asume su dirección. Sin embargo la continuada indisciplina y malas costumbres de los monjes vuelve a provocar a Abelardo y éste denuncia sus males comportamientos. “Intentar conducir esta comunidad a la vida regular a la que estaban obligados, era arriesgar mi vida; no intentarlo, en la mayor medida posible, era condenarme.” (p.77)
Cuando el abad de Saint-Denys reclamó como un anexo el convento de Argenteuil expulsó a todas las monjas, de las cuales Eloísa era la priora. Abelardo aprovecha entonces para donarles una capilla y sus dependencias en el Paracleto. Las repetidas visitas de Abelardo a las monjas (según él motivadas por los reproches de desatención de los vecinos) terminan avivando nuevos rumores sobre la antigua relación erótica que había mantenido con Eloísa. Inevitablemente. Los intentos que sufre de envenenamiento y la caída que le lesiona varias vértebras del cuello le minan todavía más la moral en el acoso que sufre por parte de sus monjes. Después de que intentasen deshacerse de él por las armas consigue de nuevo escapar. “Como Caín, el maldito, errante y fugitivo, yo era llevado de aquí para allá por el azar.” (p.84)

Nota: La foto corresponde al emplazamiento actual de la tumba en la que están Pedro Abelardo y Eloísa.

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