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Editorial Anagrama, 2009. España.
René Girard comienza su libro, la violencia y lo sagrado, describiendo varias de las características básicas de la violencia y perfilando cómo éstas pueden desplazarse a otros ámbitos merced a que la esencia de la violencia no existe en el ser humano de forma aislada. Una prueba de este hecho es que, por ejemplo, según las más recientes investigaciones científicas, los centros que se activan en la violencia y en el sexo son muy similares. Pero la violencia no solamente está interconectada con otros aspectos de la persona, además utiliza mecanismos de funcionamiento similares aunque los individuos pertenezcan a distintas culturas. Esto daría la clave para perfilar una esencia de la violencia que se plasmaría en un perfil universal repetido a lo largo de múltiples culturas.
La primera interconexión de la violencia es con la religión. En el sacrificio confluyen una serie de racionalizaciones y proyecciones que canalizan la violencia hasta conseguir que ésta obtenga una salida. Porque la violencia, una vez anidada en la persona, debe de buscar un camino por el que salir ya que su carácter destructivo haría en último término imposible su coexistencia con la persona. La vinculación es tan grande que Girard llega a decir que apenas existe violencia que no pueda ser descrita en términos de sacrificio.
Lo característico del sacrificio es el ser una institución simbólica. En este sentido yo diría que queda emparentada con el juego. De la misma forma que el niño es consciente de que el avión que pasa delante de sus ojos es movido por él aunque quiera asociarle a este hecho una serie de propiedades fantásticas, en el sacrificio se es consciente del asesinato de la víctima aunque queda en un plano secundario ya que se le reviste de otras funciones que se hacen primordiales. También debido a esta capacidad simbólica el sacrificio es susceptible de amoldarse para captar las necesidades de la violencia. Pero, aunque el sacrificio consigue canalizar buena parte de la rabia contenida, no llega a superar la contracción de esta unión. De esta manera Hubert y Mauss en “Ensayo sobre la naturaleza y la función del sacrificio” describen la paradoja de que resulte criminal matar a la víctima porque es sagrada pero, al mismo tiempo, no sería sagrada si no se la sacrificase. Por este motivo es frecuente que se presente como cosa muy santa de la que no se puede abstener o como crimen que no se puede cometer sin exponerse a graves peligros.
Sacrificio y homicidio pueden unirse ya que para Girard están emparentados. En esta unión imposible el sacrificio se asimila a la violencia para derivar su connotación negativa a la de positiva. Si matar es algo perverso su cariz puede cambiar cuando se cataliza mediante el rito del sacrificio. Existe pues una racionalización inconsciente de la violencia para que pueda realizarse sin que las contradicciones la anulen. Como la violencia encuentra elementos sustitutivos sobre los que poder proyectase cuando el verdadero objetivo no se puede realizar, llega a ser fácil que las víctimas que no pueden admitirse se troquen por víctimas sacrificales que sí pueden admitirse. Mediante este trueque la comunidad puede dirigir esta agresividad hacia unas víctimas “externas” impidiendo así que se dirija contra sus propios individuos. Además el carácter religioso o la obediencia al mandato divino hacen que la asociación conflictiva asesinato/rito quede disminuida. En este desplazamiento cobra importancia la apariencia humana que se le puede llegar a encontrar a los animales, como Joseph de Maistre describe en su “Eclaircessement sur les sacrifices”. La prueba antropológica de la desviación de la violencia sobre otras víctimas la encuentra Girard en las investigaciones que Lorenz hizo en “La agresión”. Allí se explica el caso de un pez al que, una vez se le han sustraído sus adversarios habituales, termina dirigiendo su necesidad de violencia insatisfecha sobre su propia familia.
La violencia se puede acumular con vistas a salir en el momento apropiado como está representado en el Ajax de Sófocles o también en la Medea de Eurípides que prepara el sacrificio de sus hijos de la misma manera que el sacerdote prepara el sacrificio. En el caso de las sociedades que se rigen por un sistema judicial se puede encontrar una salida ordenada de la venganza pero ésta no queda suprimida, simplemente se encauza porque se aísla y se limita quedándose el sistema judicial con el monopolio de la venganza. En el caso de que una sociedad carezca de este mecanismo se hace más necesario el sistema sacrifical para poder canalizar la venganza.
La sangre es una expresión común de la violencia y en este sentido su vinculación con la menstruación ha sido culturalmente inevitable. La menstruación ha sido un tabú recurrente en distintas sociedades porque supone una sangre derramada, sangre que debe de aislarse ya que si no se hace supondrá el contagio de la violencia. Esta sangre está contaminada porque no se ha conducido a través del rito y, al estar asociada la sangre con la violencia, el sexo queda vinculado también por aquí con ella. Por lo tanto la menstruación, en cuanto derramamiento de sangre no controlado, supone un hecho violento que permanece indisolublemente asociado al sexo. Esta relación sexo violencia es una constante en distintos órdenes. Pienso yo que en el BDSM se podría ver otra prolongación de este apartado porque al ligar violencia con placer sexual se puede llegar a la anulación del uno en beneficio del otro. Es típico de estas prácticas que al placer sexual se llegue mediante la violencia hasta el punto de que únicamente ésta sea lo que condicione la existencia de la relación sexual.
La violencia, como señala Anthony Starr en “Human agression” ocasiona cambios fisiológicos que incitan al combate y que no pueden ser fácilmente detenidos. En este sentido, para Girard, la violencia supone un ciclo interminable del que sólo es posible sustraerse volviéndole la cara. Estos son algunos de los ejemplos que utiliza para representarlo:
“Dos hombres llegan a las manos; tal vez corra la sangre; estos dos hombres ya son impuros. Su impureza es contagiosa; permanecer junto a ellos comporta el riesgo de verse mezclado en su pelea. Sólo hay un medio seguro de evitar la impureza, es decir, el contacto con la violencia, el contagio de esta violencia, y es alejarse de ella”
“Un hombre se ahorca; su cadáver es impuro, pero también la cuerda que ha utilizado para ahorcarse, el árbol del que ha colgado esta cuerda, el suelo que rodea este árbol, la impureza disminuye a medida que nos alejamos del cadáver.”

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