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Victoria Camps - El malestar de la vida públicaGrijalbo. (Grijalbo Mondadori) Primera edición, 1996. Barcelona.
En la segunda parte Camps indaga sobre el problema de la educación. Sin duda algo ineludible para el propósito del libro ya que no puede concebirse una vida en sociedad si sus miembros nos han tenido una educación adecuada. Aquí la autora, consciente del engaño y la imposibilidad de focalizar exclusivamente la enseñanza en una actitud crítica, se muestra a las claras como partidaria de una determinada transmisión de valores. Si bien subsana con esto uno de los vicios más frecuentes de la ideología de izquierdas, nos remite casi necesariamente a fomentar la “fabricación” de individuos válidos para el sistema. Ciertamente el hombre es un ser que funciona en comunidad (“El desarrollo de la propia identidad necesita de la relación y el diálogo con los otros.”, pág. 130) y, por lo tanto, se hace necesario buscar la mejor forma de incorporarlo pero siempre con prudencia a la hora de cómo insertar al individuo en la sociedad.
“[…] la escuela, si es escuela pública, para todos, debe limitarse a enseñarle al alumno lo imprescindible para que éste pueda integrarse en la sociedad en la que va a vivir.” (pág.101)
Como viene siendo habitual Camps se muestra hábil a la hora de diagnosticar males que aquejan a la sociedad. En la parte educativa aquí tratada Camps muestra cómo los individuos de las sociedades actuales raramente son personas educadas para su desarrollo personal, sino para cumplir lo mejor posible con su papel dentro del sistema. Es por esto que resulta tan interesante la denominación que hace de “analfabetos funcionales”. Podría decirse que diagnosticar a una persona que sea analfabeta es relativamente fácil, pero la función última de alfabetización es la de cultivar al individuos. Si observamos personas que no siendo analfabetas son incapaces de pensar y de comprender la realidad por sí mismas veremos que para ellas el proceso de alfabetización ha sido un fracaso. Y quizá incluso algo peor porque rara vez un analfabeto funcional tiene conciencia de su incultura o de su atraso con lo que no podrá intentar solucionar un problema que no sabe que existe. El analfabeto funcional puede conocer aspectos separados de muchos temas, pero no tiene una comprensión global de las situaciones. Algo a lo que contribuye, por ejemplo, la televisión que, ofreciendo infinidad de datos variados, no fomenta que el espectador adquiera una visión global y sí, en cambio, que adopte una actitud pasiva ante el suministro de información. Precisamente Camps también trata en el apartado de la educación el tema de la televisión.
En la época en la que este libro fue escrito la televisión ejercía una hegemonía comunicadora casi completa, algo que hoy en día no sucede debido principalmente a la implantación masiva de internet. Pero la televisión sigue teniendo mucha importancia y la crítica que Camps hace de este medio sigue estando vigente. Yo he dicho en muchas ocasiones que la televisión es un medio de comunicación excelente que, sin embargo, transmite casi constantemente contenidos que son irrelevantes o nefastos. El pensamiento de Camps parece ir por parámetros similares. Para la autora la televisión acaba resultando más nociva que beneficiosa. Tiene la capacidad de banalizar cualquier elemento que nos comunica, al fomentar la pasividad nos lleva a lo contrario del autodominio que es necesario en la educación, sirve a intereses económicos y, además realiza un uso desproporcionado de elementos violentos que incluye de forma gratuita. El término “niño zapper” que Camps toma de Pablo del Río para designar a los niños que han crecido bajo el influjo de la televisión, y que por ello son incapaces de mantener una atención continuada o conseguir una visión global de los problemas en la vida, se podría aplicar igualmente a bastante de lo concluido en los primeros estudios que se han hecho sobre el influjo de internet. De forma similar se muestra cómo las personas que pasan mucho tiempo conectadas suelen guiarse por pequeños y constantes estímulos que les producen efectos parecidos a los mencionados por Pablo del Río para la televisión.
Pero los problemas del individuo actual no vienen únicamente causados por la televisión. Este analfabetismo funcional está favorecido por una educación que no es vista a través del imperativo categórico kantiano. Es decir, la educación ya no es un fin en sí misma sino un medio para conseguir un trabajo mejor. Las universidades se han convertido en lugares para crear profesionales que se puedan incorporar al sistema laboral, en consecuencia las disciplinas humanistas han quedado relegadas. Todo lo que se aparta del conocimiento científico, como por ejemplo la del saber especulativo tan necesario para la filosofía, queda minimizado.
Con problemas como los anteriores cabría pensar qué meta puede tener en el horizonte un individuo en sociedad. Para Camps la clave pasa por aprender a convivir. Cosa que se enseña en buena medida mediante el ejemplo y que significa subir un peldaño para dejar atrás la simple tolerancia. Porque tolerarse sin más sólo es soportarse mientras que la convivencia implica un diálogo que, como se ha citado antes, resulta imprescindible para la formación de la persona.
Como nota aparte en este capítulo de la educación se hace de menos una mayor matización de estas palabras en las que se alude al papel de la música:
“Los padres de muchos alumnos de escuelas públicas no leen jamás un periódico ni compran un libro ni escuchan música clásica.” (pág.91)
Esta afirmación dicha así, sin más, es errónea o, cuando menos, contribuye a formarse ideas equivocadas. De fondo parece estar la mala distinción que suele hacerse entre música culta y música popular. El simple término de música culta es una redundancia que frecuentemente tiene como principal objetivo diferenciarse de las músicas populares a costa de menospreciarlas. Es preciso entender que toda música, por el mero hecho de ser música, es culta, ya que es cultura e igualmente en toda ella se produce el sentimiento estético. Algo que es inmanente a toda clase de composición musical. Sin embargo suele despreciarse la música popular y relegarla a un papel educativo secundario. Equivocación que hoy en día se extiende incluso a buena parte de la investigación neurológica. Así pues, teniendo en cuenta la falsa distinción entre música culta y la que no lo es, tendremos que suponer que esta queja de que los padres no escuchen música clásica se debe de referir al hecho de que no escuchen música de una forma activa, y sí pasivamente como medio de consumo. Por ejemplo, de lo que está de moda.

Enlaces:
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